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Saludo del señor General Alejandro Navas Ramos comandante del Ejercito con motivo del Centésimo Nonagésimo segundo aniversario de la Batalla de Boyacá y día del Ejercito Nacional

05 de agosto de 2011

Siete de agosto de 1819 ciento noventa y dos años de silencio y de gloria han caído sobre aquel campo sagrado de la libertad de Colombia.

Sobre sus collados verdeantes, acariciados por el murmullo del rio teatinos henchido por el invierno, se batieron los ejércitos de la España imperial y de la República naciente que con el nombre de Colombia plasmaban el sueño delirante de Simón Bolívar expresado por primera vez en Cartagena la heroica con su famoso manifiesto, perfeccionado en la visionaria carta de Jamaica y que comenzó a hacerse realidad en el Congreso de Angostura.

Quiero que hoy traslademos nuestro mentes y pensamientos a ese campo de batalla que ejerce sobre quien lo contempla un extraño y poderoso magnetismo.

Es como si el ayer glorioso reapareciera en la topografía y las imágenes cobraran vida en ese santuario de la patria, por el camino de Samaca que parte la ladera parece avanzar el fatigado ejercito de Barreiro, después de las agotadoras marcha nocturnas por el fragoso camino del paramo, en procura de recuperar su línea de comunicaciones que Bolívar le arrebatara al amanecer del 5 de agosto 1819. Avanza caviloso el jefe español, perdida la fe en sí mismo que el Pantano de Vargas se había quebrantado en la batalla indecisa que frustró la victoria al alcance de su mano se sintió superado en la maniobra de flanco que entrego al enemigo la base logística de Tunja con sus almacenes y pertrechos

Allá, en el descanso de la colina se advierte todavía el camino real en descenso hacia el puente, por el cual Francisco de Paula Santander con la vanguardia del Ejército Libertador avanza impetuoso, en pos de su descubierta que ataca a la patrulla de caballería española enviada por Barreiro en exploración esperanzada de que su enemigo aun permanezca en la ciudad perdida para él.
El comandante hispano, aliviado al enterarse de que Bolívar no ha pasado por el puente que enlaza las dos márgenes del Teatinos como mancha blanca y rojiza, trasmite por el corneta el toque del bronce la orden de alto en sus lugares, un interrogante gravita sobre las tropas que desgonzan su cansancio sobre el camino: ¿Por qué en un ultimo esfuerzo no paso a la otra margen del rio para cubrir el reposo y el consumo de la magra ración del medio día tras el amparo de la corriente invadeable?. Si es que son ya la una de la tarde y ha sido dura la jornada a través del paramo de Motavita entre la oscuridad y la lluvia.

Quizá cuando los estampidos del fuego cruzado entre su patrulla y la descubierta de Santander suscitaron la respuesta en la mente del comandante de la Tercera División del Ejército de Morrillo, el pacificador cruel y sanguinario, con una lacerante recriminación interior: ¿Por qué no lo hice? Tal vez el desgasto anímico y la fatiga corporal no me dejaron pensar….

La vanguardia realista, próxima al puente, lo cruza con premura cuando ya la vanguardia de Santander se vierte impetuosa, resuelta en el campo de batalla y acomete contra la vanguardia enemiga en retirada. Barreiro forma sobre el declive a lado y lado del camino que lo biparte. Envía al Batallón Primero del Rey para caer sobre la espalda de Santander y tomarlo entre dos fueros, pero en ese instante la retaguardia penetra al campo y a la carrera adopta su propia formación en línea. Barreiro repliega al Primero del Rey. Es tarde para el propósito de su avance pues sería golpeado por el flanco antes de haberlo realizado.

¡ Si es que ya la caballería toma su formación de batalla, con los escuadrones del Regimientos Lanceros de Llano Arriba y su comandante el Coronel Rondón, el de la carga formidable de Pantano de Vargas donde le arrebató la victoria¡

Dos combates, distantes entre sí unos 800 metros configuran la batalla decisiva, la que abre la era de las grandes victorias.

Abajo, a lado y lado de teatinos se trata de un fiero combate de fuego, en la imposibilidad de cruzar la tumultuosa corriente del Teatino que el crudo invierno ha henchido. Santander en vía a sus jinetes en busca de un vado que permita golpear flanco y retaguardia de la línea del Rey.

Arriba, la embestida patriota encabezada por el bizarro General Anzoátegui alcanza la distancia de fuego, es breve el intercambio de disparos.

Llega el instante estelar de la batalla. Se avizora ya el choque del combate cuerpo a cuerpo. Los lanceros de Llano Arriba galopan por los claros entre los batallones de Infantería con alaridos de victoria.
El Ejército del Rey ha perdido el aliento, la fe, la voluntad de lucha. Las bayonetas, en vez de cruzarse con las fuerzas rival, se clavan en tierra en señal de rendición. Con las dos caballerías pasa algo semejante. Los húsares de Fernando Séptimo cargan al galope. Tras ellos los Dragones de Granada llegan a pocos metros de las lanzas enristadas. Se detienen. Los contendores se miran en silencio, antes que el choque de las armas y los gritos de muerte llenen el aire plomizo del invierno. De pronto, sin saber por qué como dirán el fugitivo Coronel Sebastián Diaz en el trémulo informe sobre la derrota los jinetes, todos españoles, vuelvan ven grupas y emprendan una fuga ignominiosa, como si quisieran dejar atrás, olvidados para siempre, su deshonor y cobardía.

Revivimos hoy, ciento noventa y dos años después, la gesta heroica de una patria que en nueve años de triunfos y reveses, lágrimas y sufrimientos, forjo sobre el yunque de la historia su derecho a la soberanía y la libertad,

El año pasado, por estas calendas, festejemos el grito de Independencia de nuestra Colombia. Era apenas el comienzo de esa trayectoria heroica que los próceres trazarían bajo los cielos de Colombia. Conmemoramos hoy el final glorioso de la epopeya gigantesca.

A los nombres de Bolívar y Santander se añadirán miles más, fueron ellos dos arquitectos de la República. La constelación de héroes que la construyeron, fueron nuestros heroicos antepasados. De todos ellos hemos recibido un mandato que hoy nos compromete a perpetuar en la historia bizarra, con desprendimiento, generosidad, entrega y decisión. Es decir, con FE EN LA CAUSA que le hemos señalado a nuestro Ejército, por considerar que en esa consigna se resume la profundidad, la dimisión integra de ese mandato frente a los desafíos de un presente que solo podremos conjurar con esta consigna en la mente y el corazón.

Nuestra causa es Colombia, como lo pregonan vallas y medios de comunicación.

Nuestra fe es la convicción intima en un destino, que es el de la patria de nuestros amores, la que diariamente motiva en todos los cuarteles de Colombia y en la soledad de las montañas la oración, a la vez promesa, de “verla siempre grande, respetada y libre” Nuestros antepasados, a quienes también evocamos en la Oración Patria contribuyeron a construirla. A nosotros nos corresponde perpetuar la libertad que es el más hermoso patrimonio de nuestras existencias, encarnado en la bandera que un día juramos defender hasta la muerte.

Este día los soldados de Colombia queremos compartir nuestra efeméride con todo el país, con nuestros queridos compatriotas, desde la punta de ardiente guajira, hasta el límite de nuestra hermosa y rica hermosa, a lo ancho de las fértiles planicies y empinadas montañas y extenderles nuestro abrazo fraterno. Pero, especialmente, queremos compartir este día de emoción y de recuerdo con todos los hombres y mujeres que llevan sobre su piel el uniforme camuflado, como exponentes dignos de la lealtad, el valor y sacrificio, máximas supremas de nuestro sagrado escudo, haciéndolos depositarios, en nombre del Gobierno Nacional de las condecoraciones Orden del Mérito Militar Antonio Nariño, General José María Córdova y José Fernández Madrid, preseas que honran a los héroes del pasado y que merecidamente algunos de nuestros soldados hoy han recogido sobre su pecho como testimonio de agradecimiento por los invaluables servicios prestados a la Patria.

A todos esos héroes de mi Ejército, del Ejército de Colombia, un saludo lleno de cariño y gratitud.

Colombia, aquí esta su Ejército, el Ejército que desde hace ciento noventa años no se ha detenido un solo instante en su tarea de salvaguardar la libertad de la patria, participando activa y decididamente en destinos de la nación, respetando el valor supremo de vida, luchando sin reserva contra quienes han pretendido socavar la institucionalidad y sellando con su actos de dignidad y valor las esperanzas, el progreso y el bienestar de los colombianos.
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