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La guerra enterrada

22 de julio de 2006

Toman un pedazo de odio y lo siembran agazapados en la penumbra, como los asesinos preparan todos sus crímenes.
Ese odio queda ahí, sembrado en surcos de dolores para que el mal germine luego, enterrado bajo el suelo colombiano, en una ladera, en un descampado, en un bosque, ¡en un parque infantil! Queda ahí al acecho esperando a que su víctima inocente lo haga germinar estruendosamente en ramilletes de flores de muerte, en polen de esquirlas, en frutos de sangre y dolor.

Y, además, como en tantos aspectos de la vida, pero en este caso de la muerte, los colombianos sacamos a relucir nuestro ingenio. Un simple vistazo a la gran variedad y al bajo costo de las minas antipersonales que fabricamos es doloroso. ¡También primeros en mortadiversidad!
Las minas antipersonales son la guerra más cobarde que existe, si es que acaso la guerra permite adjetivos diferentes a absurda.

Son cultivos mortíferos. Sembrar una mina antipersonal es sembrar un puñado de semillas de odio, para que afloren en cualquier momento, lapso de germinación que por cierto puede durar 30 o 40 años. Las flores del mal siemprevivas.

Las minas antipersonales son definitivas, contundentes, lapidarias, no permiten siquiera el arrepentimiento de su agricultor, pues este desaparece, nunca vuelve, no le interesa recoger su fruto, su plantío queda baldío para que otro recoja la cosecha y con ello destroce su cuerpo y el alma de sus seres queridos. Una mina antipersonal es el combatiente ideal según “el arte” de la guerra: no se ve, no duerme y no falla nunca. Y no se desmoviliza…

¡Qué fertilidad paradójica la de esta tierra! ¡Qué extraña riqueza minera! Poco a poco Colombia va perdiendo su territorio al quedar inutilizado. Poco a poco se van formando raros desiertos donde no hay arenas sino verde, donde no hay aridez sino fertilidad mortal. Desiertos con agua, con árboles y con vida para atraer la muerte.

Cualquier colombiano da unos pasos en el suelo, pueden hasta ser los primeros pasos pues no hay número de calzado escogido, y uno de esos pasos de repente se convierte en el último, en el paso que lanzará a su caminante desperdigado en pedazos por los aires, convertido en la cosecha de la siembra de una mina cobarde.

Sembrar minas antipersonales es volver intemporal la guerra, es hacer la guerra a largos plazos pagaderos mortalmente en cómodas e impunes cuotas. Es quitarle nombre, edad, ideas, uniforme y bando al enemigo, es volverlo cualquier colombiano. Al fin y al cabo dirán que no importa: es un muerto o un mutilado más que tarde o temprano llegará, una víctima más sin rostro para ellos pero con lágrimas para otros, que incrementa las estadísticas de su dudosa demostración de poder nutrido y abonado con el terror.

¿En eso está quedando la tierra labrantía de Carlos Vieco y León Zafir? Y ni siquiera dejan memoria sobre el cultivo de las minas (como sobre el maíz si dejó Gregorio Gutiérrez González), es decir, los mapas, para que al menos cuando el odio de hoy desaparezca, podamos desenterrarlo y evitar sus estragos de efecto retardado.

Podrán -debe- haber casas de paz y villas de esperanza, intercambios humanitarios, diálogos y, poco a poco, seguramente recorreremos el tortuoso pero necesario camino que nos lleve a terminar este largo conflicto armado, pero siempre, a pesar de tales esfuerzos, en todos esos escenarios debemos tratar el tema de la guerra que ya quedó sembrada para el futuro bajo la tierra colombiana.

No se pueden revivir los muertos, calmar el dolor ni secar las lágrimas ya causadas, pero sí se pueden evitar las que puedan llegar por las violencias viejas cuyo reloj mortal ya se echó a andar.

Es absurdo que nos arrepintamos, nos juzguemos, nos reconciliemos, nos reparemos, nos abracemos, y que nos prometamos “nunca más”, si por otro lado dejamos que los frutos materiales del odio pasado sigan produciendo estragos.

Si permitimos que ese capital semilla de muerte que se “invirtió” bajo la tierra continúe produciendo réditos de destrucción y dolor, los esfuerzos que estamos haciendo y que haremos no serán suficientes. ¡Se seguirán cosechando tempestades!
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