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La generalización: amarga injusticia

Al Ejército se lo acusa en su gran todo, con saña pertinaz

23 de junio de 2006

A raíz del secuestro de un comerciante de Medellín por dos soldados profesionales de la Cuarta Brigada, se desató una real ofensiva de quejas contra esa unidad operativa, que tomó como objetivo al Batallón de Ingenieros Pedro Nel Ospina.
Conociendo a su comandante, teniente coronel Édgar Emilio Ávila Doria, el autor de Clepsidra le requirió información al respecto. Para entonces, los comandos de la División y la Cuarta Brigada habían ordenado una reunión de comandantes de batallón orgánicos de dicha brigada para estudiar las quejas remitidas por la Oficina de Derechos Humanos de la Gobernación de Antioquia. De los 122 reportes, tan solo un 15 por ciento ameritaban indagaciones preliminares, que se abocaron de inmediato. De los demás, ni siquiera aparecieron los quejosos, como tampoco organizaciones no gubernamentales ni gubernamentales responsables de haber tenido conocimiento de las presuntas violaciones.


El comando del Batallón Pedro Nel Ospina se dirigió a los personeros de los veinte municipios de la jurisdicción bajo su responsabilidad, para solicitarles información detallada de las posibles quejas que se hubieren presentado contra personal de la unidad. Las respuestas, sin excepción, negaron la formulación de quejas y expresaron conceptos en un todo favorables al Ejército y en su mayoría reconocimiento por la labor de las tropas en protección de las colectividades rurales y aldeanas.


Como las acusaciones propaladas a grandes titulares por la prensa y en forma por demás sensacionalista en radio y prensa señalaban a las comunas de Medellín como escenarios de atropellos y abusos, los comandos mencionados efectuaron reuniones comunitarias, de las cuales se levantaron actas firmadas por los asistentes y los presidentes y miembros de las juntas de acción comunal. Las turbulentas comunas 1, 13 y 16 y el barrio Independencia No. 2 reconocieron en las reuniones comunitarias la falacia de las acusaciones y suscribieron actas que refrendaron las respectivas juntas de acción comunal. Por otra parte, existen declaraciones escritas de la Asociación de Ganaderos del Norte de Caldas y sur de Antioquia (Asogans) en respaldo de las acciones desarrolladas por las tropas en favor de la paz, la seguridad y el orden.


Sin embargo, al Ejército se lo acusa en su gran todo, con saña pertinaz. Acusaciones falsas, cualquier conducta reprobable de un hombre en uniforme, sirven para lanzarse con ferocidad sobre y contra el Ejército en generalización tremendamente injusta. No se piensa en los 200 mil hombres que cubren abnegadamente la extensa y complicada geografía del país, con sacrificios sin límites. A la hora de dar curso sin investigación alguna a cualquier sindicación, se olvidan los logros espectaculares de los últimos cuatro años. ‘Torturas en el Ejército’ proclamó en su carátula una prestigiosa revista. Siempre la generalización, cuando fue en una determinada unidad donde tales abusos existieron y se hallaban en investigación.


Los ejércitos son extensión de las sociedades que nutren sus filas. ¿Cómo evitar que entre 200 mil hombres haya antisociales que deshonren el uniforme? A quienes así procedan, no importa el grado ni las ejecutorias, que se los juzgue y castigue con la mayor severidad. Pero que por sus faltas no se juzgue a la institución Ejército, respetada y querida por la inmensa mayoría de los colombianos.


Posdata al general Montenegro. No pienso adelantar una polémica interminable con el ex subdirector de la Policía en torno al control operacional que por más de 30 años demostró su bondad. Tan solo señalar que mi distinguido contradictor no produjo un solo caso de los que, según él, produjeron "catastróficos resultados" en ese período. Le recuerdo, además, que la coordinación invocada por él existía como mandato según directiva 1512 del 11 de agosto del 2000, cuando se produjo la tragedia de Guaitarilla, y la más reciente, No. 628 del 2005, firmada por el ministro Camilo Ospina en el 2005, que no evitó lo acaecido en Jamundí. ¿Suficiente, no?
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