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Ejército: crisis de oportunidad

21 de junio de 2006

La suerte de Marcela debe ser la suerte de todos nosotros. En medio del fragor de un combate del Ejército con las FARC en La Macarena, Huila, el pasado 21 de mayo, Marcela de 16 años fue abandonada por sus compañeros de la guerrilla, cuando al hacer alguna fuerza se le vino el bebé en pleno monte, bajo el sol y en medio del olor a pólvora. Los soldados soltaron los fusiles para correr a ejercer como parteros. El ICBF es su nuevo hogar. Un hermoso gesto esperanzador.
Pero el Ejército es un aparato de hombres, nacidos de las entrañas de esta sociedad tan degradada, sometidos a múltiples presiones desde todas las esquinas: la impaciencia pública y privada por acabar, contra el reloj, esta guerra eterna que exaspera a los colombianos, y la gran capacidad de la delincuencia organizada- narcotráfico- para corromper a cualquiera, incluso la sal. Con brusquedad, se pasó del paradigma condescendiente con el militar de tablero, oficina y club social, al militar tropero curtido por la inclemencia del tiempo en su rostro, con miles de millas en sus piernas templadas por las selvas o las montañas. Los resultados se colgaban como condecoraciones en el pecho y como ascensos en las hojas de vida. Se estableció una acelerada carrera por reconocimientos entre Divisiones, Brigadas y Batallones. El número de bajas en las filas enemigas fue el gran indicador. En algunos miembros de las Fuerzas Armadas, el odio hacia todo lo que se relacionara, real o en apariencia, con los grupos armados ilegales fue superior a la obligación de respetar la Constitución Nacional, las leyes o los protocolos relacionados con los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario. Hizo daño la idea de que en el monte la ley es la del más fuerte. No siempre los investigadores de la Justicia están en condiciones de meterse a los apartados rincones veredales a constatar la veracidad de los reportes sobre los verdaderos o supuestos enfrentamientos. La impunidad retroalimenta la injusticia.

El país hizo un gran esfuerzo por incrementar con rapidez los efectivos del Ejército, sin que al mismo tiempo se dispusiera de los cuadros, oficiales y suboficiales, necesarios para conducir correctamente una tropa que debía desplegarse, muchas veces, en medio de condiciones hostiles y difíciles: los mosquitos, las minas, el cansancio, las miradas despectivas, la falta de apoyo, la lejanía. Tesis de Sergio Jaramillo, Director de la Fundación Ideas por la Paz, que compartimos.

Se han tenido evidentes éxitos que se traducen en una mayor seguridad para los ciudadanos. Esa es la sensación que se huele y se respira. Por ello el Ejército y la Policía Nacional son de las instituciones más apreciadas por los colombianos. Pero cualquier mala acción, por abuso de autoridad, en contra de la vida o la integridad de las personas, es reprobable. La legitimidad es la principal garantía para desbalancear, en definitiva, un conflicto que, en el campo militar, tardará mucho en ofrecer un panorama de vencedores y vencidos. Allí, la confianza de la ciudadanía en la Fuerza Pública, es decisiva. La actual crisis de perplejidad por lo que ocurre con el Ejército Nacional, antes que una debacle es una oportunidad. Depende de una sociedad vigilante y de una comandancia intransigente con las extralimitaciones de sus efectivos. Allí no hay razón para que a ultranza se despliegue la llamada solidaridad de cuerpo. Las gentes perdonan más fácil un error que un desafuero.

Sobre el tapete se han colocado otros dos asuntos gruesos: la relación Justicia Penal Militar y Justicia ordinaria, tema para otra oportunidad; y la pertinencia de los estímulos para los uniformados combatientes. Creo que no hay actividad humana que pueda desenvolverse sin el aliciente de los incentivos. De cualquier tipo. Y en las actividades castrenses con mayor razón, siempre han existido. Pero si los estímulos no se controlan y racionalizan, puede ocurrir un desbordamiento peligroso. Por exceso de viveza o por ingenuidad. O complicidad. No puedo olvidar que cuando un familiar muy cercano prestó el servicio como bachiller en la Policía, siempre que con sus compañeros querían unos días de licencia, se iban para el sector del Hueco o a Carabobo en Medellín, compraban navajas viejas y cuchillos oxidados y los entregaban al superior como un trofeo de los supuestos decomisos en las esquinas del centro de la ciudad. Eso fue hace varios años. ¡Ojalá hoy el afán de reconocimiento no fuera sino así!
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