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Una pareja de guerrilleros huyen de la guerra por amor

30 de julio de 2015

Con el semblante apacible, con la serenidad digna de un ser humano que recuperó la capacidad de soñar y la libertad de caminar y respirar sin necesidad de pedir permiso a un comandante, llega Hernando, hombre indígena de 30 años de edad que perteneció al Frente Aurelio Rodríguez de las FARC por más de 8 años.
Hernando no está solo, llega acompañado de Yurani, su esposa, y sus dos hijos; el más pequeño de 1 año, el otro tiene 5 años y entiende un poco más la situación, está consciente que las cosas cambiaron. Papá y mamá llevan varios días sin desaparecer, duermen en camas confortables, no hay más días de hambre y los paquetes de papas que suenan chistoso se han vuelto comunes para él y su hermanito.

Ella por su parte, mira sin temor y saluda sin mucha efusividad, pero con un amor indescriptible y la suavidad de cualquier mujer; poco entiende, pues a sus 23 años nunca ha pisado un salón y lo que sabe, lo ha aprendido de forma casi mecánica. Él me pide que lleve comida, bolsas, maletas pesadas y que le diga cuando llega la tropa, eso es lo único que esta mujer indígena de la comunidad Embera-Katio ha hecho en los últimos cuatro años de su vida.

Las promesas de un dinero fijo cada mes, comida abundante y la posibilidad de ver a sus familiares las veces que quieran son promesas que comúnmente los cabecillas o comandantes de frentes y bloques de los Grupos Armados al Margen de la Ley le hacen a los indígenas, la mayoría de las veces en su propio idioma.

Teniendo en cuenta las difíciles condiciones de vida de los resguardos indígenas en el departamento de Chocó, las propuestas parecen la única opción para la mayoría de los jóvenes indígenas que terminan haciendo parte de las filas de grupos ilegales y que se enfrentan de la peor forma a una realidad totalmente distinta a la que pensaron tener cuando aceptaron dejar la tierra y la familia en busca de hacer parte de las Farc.

Yo la busqué a ella, le dije que se viniera conmigo y que trabajará para el comandante, pero ella no quiso, después ellos la convencieron y ella aceptó, así fue como su hoy esposa ingresó a las Redes de Apoyo al Terrorismo, RAT, del Frente Aurelio Rodríguez de las FARC; igualmente engañada dejó a sus hijos y comunidad, como siguiendo la línea inevitable de la vida que la une a su esposo empezó su calvario en el grupo ilegal.
Como si fuera parte de una historia de horror y seguramente imaginando como pudo terminar todo, empiezan a resbalar gotas de sudor en su rostro, el hombre apacible y tranquilo se transforma en temeroso, lleno de incertidumbres y sus ojos se nublan mientras mueve fuerte sus manos para controlar sus recuerdos del horror, del hambre, de la soledad y los malos tratos que golean su mente.

Ella mientras tanto, vigila de lejos a su bebé de 1 año y relata lo difícil que fue transitar dos embarazos sin un esposo y a expensas de lo que sus familiares le daban o de lo poco que llevaba Hernando, cuando lograba salir a visitarla. Ahora, un poco más tranquilo reconoce que el primer contacto con su hijo de 5 años fue cuando cumplió un año de vida, antes no pudo visitar a Yurani porque los comandantes no se lo permitían.

Con la frente en alto, por el coraje que tuvo de dejar las filas del grupo ilegal, recuerda los niños y adolescentes que vio transitar el doloroso camino de la guerra, varios de ellos indígenas, sin educación formal, que como él y miles más fueron engañados con falsas promesas de una vida mejor.

Después de pensarlo incontables veces, de poner en la balanza lo bueno y lo malo de su experiencia, un día arrancó su camino a la libertad, con la excusa de hacerse un examen médico pidió permiso y salió de la selva; buscó información sobre la desmovilización y se entregó a tropas del Batallón de Ingenieros N15 Julio Londoño Londoño que se encontraban cerca, desempeñando su labor constitucional de protección y control de las zonas más vulnerables y apartadas del país.

Pero Hernando fue más allá, no podía dejar sola y en peligro a la mujer que desde hace 8 años lo acompaña y sigue en cada paso que da; Yo la llamé y le dije que se viniera, que el Ejército no era malo, que es mentira lo que dicen y que nos iban a ayudar para salir de aquí, relata con su mirada fija y certera sobre su esposa.

Desde ese momento el Ejército Nacional y el Grupo de Atención Humanitaria al Desmovilizado se han encargado de acompañar el proceso de esta familia indígena, que continuará con el apoyo de todas las instituciones del Estado involucradas como la Agencia Colombiana para la Reintegración y el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar.

Hernando, Yurani y sus dos hijos hoy forman parte de los miles de colombianos que tomaron la decisión de acogerse al proceso de desmovilización y reintegrarse a la vida civil para tener una nueva oportunidad. Con ellos ya son 20 los desmovilizados que se han entregado a unidades de la Fuerza de Tarea Conjunta TITÁN en el departamento de Chocó en el primer semestre del 2015.

Es mentira lo que dicen, el Ejército nos trata bien, nos da comida, lo que necesitemos. No nos matan como dice los comandantes, esa es la forma que Hernando tiene de invitar a sus excompañeros en la selva para que dejen las armas y se acojan al proceso de desmovilización que ya ha beneficiado a más de 40.000 colombianos que cambiaron su vida y escogieron el camino de la paz y la libertad.
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