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Con falsas promesas de amor, guerrilleros del ELN reclutan mujeres indígenas en el Chocó
comunidades protegidas
Quibdó. 15 de octubre de 2014. Le pintó pajaritos en el aire, es la coloquial frase que describe a la perfección la decepción que sufrió alias Hilda, cuando el hombre que vía telefónica por varios meses, le prometió construir una vida juntos y la atrajo como una araña a su red, para luego reclutarla contra su voluntad y para pertenecer a las filas del grupo guerrillero Manuel Hernández El Boche del ELN.
Hilda, una mujer de 24 años de edad y madre de tres hijos de 7, 5 y 3 años, después de que su compañero sentimental la abandonara, decidió trasladarse a la ciudad de Medellín con el fin de conseguir un trabajo que le permitiera sostener a sus pequeños. Una vez en la capital de la montaña, laboró como empleada doméstica, al igual que muchas mujeres indígenas y afrodescendientes que emigran a este territorio.
La desmovilizada que pertenece a la comunidad Embera Katío, narró que los domingos visitaba una coterránea que tenía un hermano con quien empezó a sostener conversaciones telefónicas. Un día mi amiga me lo pasó y me saludó, me dijo que le gustaba mi voz y así seguimos conversando hasta que tuvimos más confianza y me pidió que fuéramos novios, manifestó.
Tiempo después, este hombre que también es de la comunidad indígena, la invitó que viniera a Quibdó y acordaron que él le mandaría un dinero para encontrarse, trabajar en una finca y así ella no tuviera necesidad de continuar trabajando en casas de familia. Así fue, días después le envió 200.000 pesos para el pasaje, pero lo que en algún momento llamó su atención fue cuando le dijo que comprara botas y medias.

El día del viaje
El camino que Hilda creyó la llevaría a los brazos de su supuesto novio, comenzó a tomar una ruta sospechosa cuando le dio una indicación indiferente; esta le citaba que en un paraje de la vía Medellín Quibdó la estaría esperando, situación que le pareció extraña pues la promesa inicial era encontrarse en la capital chocoana. Aun así, lo hizo y al llegar al punto acordado dos hombres abordaron el vehículo, él la saludó e inmediatamente ella le preguntó la razón de encontrarse en dicho lugar. La respuesta llegó kilómetros más adelante después de descender del bus y fue tan fuerte que su mente no pudo entenderla.
Mamita, no piense mal de mí, yo soy guerrillero, fue la frase con la que este hombre descubrió lo que había detrás de meses de presunto amor.
Hilda rompió a llorar y aunque el hombre intentó sobreponerla con un abrazo, cerró con broche de oro y le dijo que en la guerrilla es bueno, allá le dan gusto a uno, el mando le compra cosas, usted se va a amañar. Indicó la desmovilizada que si hubiera tenido plata para regresarse a Medellín no lo hubiera pensado dos veces.
A pesar de las lágrimas, la decepción y la negativa, se internaron en lo profundo del monte soportando las inclemencias del clima, del terreno agreste hasta que después de mucho caminar llegaron al campamento donde fue presentada al comandante que lideraba un grupo integrado por jóvenes, adolescentes y mujeres, todos armados.
Después de su llegada, comenzó a recibir la instrucción que consistía en armar fusiles y cocinar con gasolina, tarea que le tomó tiempo desarrollar pues en las comunidades indígenas cocinan con leña. En su relato, reiteradamente expresa su descontento porque la vida que llevan allá dista mucho de las promesas que les hacen a aquellos incautos que caen en las garras del reclutamiento forzado. Dice que aprendió a realizar actividades muy diferentes a sus costumbres; nos tocaba bañarnos rápido en el río, no podíamos pisar el pantano para no dejar huellas que pudiera seguir el Ejército en sus operaciones continuas y sostenidas.


Eso no es para mí
Para Hilda, la vida en las filas del frente Manuel Hernández El Boche fue un infierno por las condiciones infrahumanas en las que permanecían. Al hecho de no comer bien, no tener un sueño tranquilo y sobrevivir a combates como en alguna oportunidad le ocurrió, se le sumaba la tristeza por no estar con sus hijos ni con su madre que enfermó al conocer su suerte. En alguna oportunidad se atrevió a solicitar un permiso al mando para visitar a su progenitora, los comandantes accedieron so pena que si no cumplía el tiempo que me dieron me pelaban.
La tentación de huir de las filas de esta organización terrorista siempre estuvo latente hasta el día en que se convirtió en una decisión que la llevó a refugiarse en Quibdó hasta que un desmovilizado le abrió la puerta a la libertad y le propuso entregarse al Ejército, porque cumplían con los programas que escuchaban a través de las Emisoras del Ejército a sabiendas que esto les podía generar castigos como 15 días arranchados o cargar leña, entre otros más crueles.
Así lo hizo, Hilda confió, se entregó de manera voluntaria y resalta que me recibieron con cariño, por eso me siento tranquila porque la guerrilla, eso no es para mí.
Ahora, gozando de los beneficios de los programas de ayuda al desmovilizado y aunque no ha borrado de su mente horrores que vivió los siete meses que permaneció en la organización, como los abortos a los que son sometidas las mujeres, la utilización de menores de edades entre 13 y 15 años para la guerra y la constante zozobra de vivir al margen de la ley, está segura que esta gran oportunidad es la antesala para muchas más, incluso para vivir una verdadera historia de amor.



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