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El General de la Comuna 13

01 de abril de 2007

Nada justifica que haya barrios o espacios urbanos vedados para la gente. Nada justifica que una comunidad sea esclavizada e intimidada por bandas de ilegales. Es obligante luchar con firmeza para que cada rincón de la ciudad sea libre y visitado sin temor por cualquier ciudadano.
La Comuna 13 es un bello balcón de Medellín desde donde ilegales lo quieren utilizar como semilla germinadora de violencia urbana. Son muchas las variables que la hacen provocativa para los ilegales: Es camino de paso de los alzados en armas; lo cruza un oleoducto apropiado para robo y comercio ilegal de combustibles; hay confluencia del negocio maldito de la droga; los accesos vehiculares son precarios; y la inversión social de la zona ha sido por años insuficiente para una calidad de vida digna.

Por muchos años, y hasta el 2002, allá se disputaban el territorio un salpicón de la violencia: guerrilla, paramilitares, comandos armados del pueblo, bandas expendedoras de drogas, sofisticados grupos de delincuencia común y solapados tratantes de blancas.

Era una comunidad llena de zozobra, atemorizada. La gente era esclava de los violentos. El 46% de sus habitantes huyeron desplazados; los que se quedaron, dormían debajo de sus camas por los tiroteos. Las propiedades no tenían valor comercial. Casa que se abandonaba casa que se erigía como cuartel. A las calles les arrancaban su identificación urbana. La telefonía de EPM fue desconectada por los violentos, para evitar intromisión de agentes externos.

En la Comuna Trece no existía una comunidad libre. La ciudadanía no tenía voz; no podía opinar. Los líderes cívicos eran asesinados, secuestrados o expulsados. No había espacio para la civilidad. Las libertades públicas estaban encadenadas.

El conflicto de la Comuna 13 no era entre la comunidad y el gobierno; era entre los mismos actores armados que se disputaban el territorio para extender su ley intimidatoria a toda la ciudad.

A finales del 2002 la Comuna 13 se pacificó por una valerosa acción dirigida por los Generales Mario Montoya y Leonardo Gallego, con más de mil policías y soldados del Ejército. Allí, se encontraron fábricas de armas; casas desoladas; colegios convertidos en centro de operaciones de guerra, donde no se escuchaba el himno patrio sino que eran obligatorios cánticos de los alzados en armas. Se hallaron carros bombas, carros robados, numerosos secuestrados. En fin, era un territorio de humillación a la libertad, un monumento a la ilegalidad y una tenebrosa violación de los derechos humanos.

Cuando se pacificó la Comuna 13, se empezó a aliviar la ciudad. En el año 2003, hubo 2.200 homicidios menos que en el 2002, cifra humana sin antecedentes. Y luego en el 2004, 2005 y 2006 los homicidios disminuyeron en un porcentaje muy sobresaliente. Desde allí empezó la ciudad a salir de esa peste brutal de la violencia.

La Comuna 13 estuvo por más de diez años secuestrada por los violentos, asesinando a quien disentía. Mientras la gente sufría esa brutal violencia, la sociedad guardó silencio, o por miedo, o por indiferencia, o por complicidad.

Voces oscuras censuran al General Montoya porque derrotó la muerte y el miedo en la Comuna 13. El General Montoya no necesita glorias prestadas, merece los más altos honores de la patria, y tiene el afecto inmenso de los antioqueños. En una sociedad enferma pareciera que no hay espacio para los hombres buenos.

Pero, de nuevo, la violación a los derechos humanos está regresando a la Comuna 13. Volvieron bandas que impiden a los ciudadanos circular libremente en la comuna. Hay combates con los militares. La Defensoría del Pueblo advierte en su informe de marzo de 2007 que hay “surgimiento de nuevos grupos armados ilegales, reclutamiento forzado de jóvenes y desplazamiento intraurbano”.

Hace poco comentaron que ilegales decidieron expulsar de la Comuna a un anciano que durante toda su vida habitó el barrio. Como no accedió a desplazarse, fue asesinado en su corralito, degollado, con un espejo al lado y se presume que fue obligado a observar su propio degollamiento. Una brutal escena propia de las mentes más perversas de la humanidad. Y si esto se supo, qué otras acciones brutales estarán ocultas.

La Comuna 13 se está enfermando de nuevo. Hay vientos extraños. Se respira miedo. Se siente la presencia invisible de manos negras que mantienen una persecución perceptible contra organizaciones civilistas. Hay que hacer algo antes que sea tarde.

La guerra es un instrumento anacrónico para resolver los conflictos del mundo contemporáneo. La violencia es el primer factor de infelicidad en una sociedad. La tranquilidad es como el aire para el ser humano. El aire pareciera no existir, pero cuando falta, no hay vida. Donde hay violencia o guerra, la seguridad se convierte en derecho fundamental de primera generación, por encima de los bienes materiales.

Necesitamos más firmeza para defender la ciudad; cuando se es laxo con los violentos, todos perdemos. Medellín no puede perder su norte de pacificación iniciado en el pasado y debe tener como meta ser la ciudad más pacífica de América Latina. Si a la Comuna 13 regresa la intimidación y la guerra de posiciones de los violentos, la zozobra y el crimen volverán a toda la ciudad.
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